A la hora señalada

A la hora señalada

Horacio González para Nuestras Voces. Vivimos una nueva época en la cultura política argentina, afirma Horacio González. Frente a la urgencia única de la desaparición misma de la idea de nación argentina, la flamante Unidad Ciudadana deberá constituir un abanico de receptividad abierto a múltiples sectores: peronismo, radicalismo, socialismo, comunismo, nuevos transversalismos y pulsiones libertarias.

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Horacio Gonzalez para Nuestras Voces. Vivimos una nueva época en la cultura política argentina, afirma Horacio González. Frente a la urgencia única de la desaparición misma de la idea de nación argentina, la flamante Unidad Ciudadana deberá constituir un abanico de receptividad abierto a múltiples sectores: peronismo, radicalismo, socialismo, comunismo, nuevos transversalismos y pulsiones libertarias.

A la hora final, como las grandes competencias donde se producen resultados previsibles rodeados de otros que son imprevisibles, se conocieron los candidatos de Unidad Ciudadana. Reúnen lo más significativo de lo que no sin prudencia hay que percibir como una nueva época en la cultura política argentina, la posibilidad de un frente efectivo en el que desemboquen viejas identidades políticas de la historia nacional, y en él hagan, ejerzan, su catarsis. Como los espectadores de la antigüedad que salían de los anfiteatros luego de asistir varias veces a la misma representación de Antígona. Es decir, el balance histórico de sus pasiones, renunciamientos, equívocos, incluyendo sus variadas incomprensiones del interés general ahogado en ámbitos enervados por intereses particularistas. Esto vale para todos, y en el aspecto más reducido, también para quienes escriben estas o parecidas ensoñaciones. El por ahora frágil nombre de Unidad Ciudadana tiene una gran responsabilidad, y esa fragilidad lo favorece. No es verdad que la lógica de un significado fuerte sea lo mejor en el principio de las cosas. La Unidad Ciudadana aparece como una confidencia, un significativo susurro en los oídos de la historia nacional reciente. Frágil, necesariamente por la idea de ciudadanía, al mismo tiempo esencial, pues ella es basamento de los procesos nacional-populares. Constituye un abanico de receptividad abierto a tantas y en muy diversas direcciones.

Allí deben confluir el peronismo, el radicalismo, el socialismo, el comunismo, los nuevos transversalismos y pulsiones libertarias. Los primeros términos de esta enumeración son todos ellos antiguos partidos que no tienen por qué abandonar su textura, su condición de tales dada por un encadenamiento de fidelidades e infidelidades. Pero sí reflexionar sobre sus límites, sus fronteras que se deben preferir ahora abiertas y no cerradas. Y además, sobre cómo tensar las calidades de sus aportes. Lo que implica volver a visitar la raíz fundadora de sus propios nombres. Sin duda el peronismo, en este específico tema, tiene mayores responsabilidades por su ciclo sobresaltado ya de setenta años, donde sus constantes mutaciones lo llevaron a imaginar que adosado a cualquier cuadro de ideas, podía permanecer indemne en su condición de aglutinador de masas.

Esta hipótesis debe ser revisada ante las duras exigencias de la historia contemporánea. Si el peronismo subsiste es por la naturaleza de su drama público: ascensos y caídas, grandes movilizaciones, interrogaciones de la voz colectiva a la conciencia de sus líderes. Y una idea de comunidad organizada que se expandía en conflictos de clase no bajo ese nombre sino de otros –tomados de la historia universal-, y fundamentalmente, la memoria de martirologios, víctimas, plazas con voces en estado de reclamo, escenificaciones diversas de la esperanza y el derrumbe de la esperanza, acto originador de las éticas de la resistencia. Su estabilidad como partido es una suerte de punto de cierre litúrgico, la permanencia ritual de sus símbolos, que tampoco es posible decir que ahora, no persistan en ser nada indiferentes al memorial político que flota en las estrías internas de toda sociedad. Toda rasgadura primordial en la historia es una muchedumbre válida de recuerdos.

Lo mismo puede decirse del partido comunista, los partidos socialistas, los núcleos de izquierdas diversas, que en un largo ciclo han mostrado una fuerte propensión a escisiones motivadas por cuestiones muy variadas, pero en especial por la presencia del peronismo y su evento iniciático, esa creación de una identidad popular de envergadura, masividad y perdurabilidad desafiante a todas las críticas que proliferaron en las últimas décadas sobre las desventajas y debilidades del populismo. Esas agrupaciones conservan otra memoria: la de las grandes revoluciones mundiales, eventos que conmovieron a la humanidad –según la frase célebre de John Reed- y que se han derrumbado por distintas razones hacia el fin del siglo XX. El socialismo argentino fue el más vulnerable a las mutaciones exigidas por lo escarpado de una historia. En los años 60 a la presencia del peronismo como foco de tracción proletaria, sin duda muy mediatizada por toda clase de estilos organizativos y de liderazgos de la “revolución nacional”, originó en general una afinidad hacia la vida popular, con las iluminaciones y problemas que eso implica. La vasta saga gramsciana argentina, colaboró para ofrecer diversos nombres a esta problemática y enriquecerla con otras descripciones.

La vida popular concebida en el gramscismo es la de un pueblo-nación que puede ser una base sentimental donde trabaja el espíritu creciente de un alma colectiva que se dirige a comprender los grandes dilemas de la emancipación, con su sugestivo cortejo de mitos, como el de la “reforma intelectual y moral”. La vida popular contemporánea, en cambio, registra distintos estratos de pertenencia, no a la receptividad de temas histórico-políticos, sino a fórmulas de sobrevivencia que luchan por no caer en abismos de masacre social, con distintos métodos de escapatoria, y aceptación de un vida “desorganizada” asimismo por los arquetipos que emanan del incesante séquito de imágenes opresivas. En gran medida esta es la causa que origina distintos estilos de consumo que surgen de los mercados simbólicos dominantes, lo que deshistoriza a los caídos socialmente y al mismo tiempo dispone un nuevo proletariado desenraizado de oficios pero enraizado en nuevas pasiones dramáticas sustitutas o ficticias. Estas, de una inmediatez resuelta a través de nuevas formas de prestigio en la orfandad constitutiva de las existencias pobres, sacrificadas por su desvalimiento. Y en casos específicos, dispuesta también a sacrificar en nombre de su propio sacrificio.

Este es el desafío esencial para la vida política que aún no encontró el vínculo que restituya ligaduras dialogales con las vidas golpeadas de modo sustancial. Ellas eligen sus propios caminos de salvación, y en la misma medida en que abandonan el seno de la política se adoptan formas asociativas que suelen resolverse en un individualismo construido en diversas dialécticas de la ilegalidad, la disputa de inseguridad con la “máquina de inseguridad” (Esteban Rodríguez Alzueta) que lo produce.

En cuanto al partido radical, su largo ciclo parece cumplido con el espectacular vuelco hacia la derecha represiva, hacia el neoliberalismo sin más, y hacia un vergonzoso tributo al macrismo. Pero aun así, no todos los radicales aceptaron este destino, algunos con una disconformidad moderada que la hacen sentir con formas oblicuas, pero otros con una decidida actitud que mantiene, aunque sea de forma minoritaria, la tradición yrigoyenista-alfonsinista, y pensamientos como los de Moisés Lebenshon. Por reducida que sea esta expresión radical hoy, significa muchísimo. No es necesario aclarar que un pequeño grupo que resiste la hecatombe de su identidad, es la base más efectiva para recobrarla de una forma nueva, emergente y salvífica de su propia catástrofe moral.

Nadie dijo que será fácil, y por eso mismo, es que vale intentar esta magna fusión o vecinalismo de lo complejo, porque lo que pareció simple –y no lo fue-, ésta enunciación de las listas de candidatos, fue una lectura del estado ruinoso de la sociedad, lo que dicta el inevitable pensamiento de la Conjunción Social reparadora, bajo el nombre, ahora, de Unidad Ciudadana. Nombre que espera que se habiten en él las tendencias existentes que puedan desprenderse de lo que en ellas no sea indispensable para este Frente sellado por una urgencia única, excepcional. Que es la desaparición misma, no en cien años, pero más pronto y muy dañinamente, de la idea de nación argentina.

Pero el mismo riesgo que corre esta nación lo corren todas, atravesadas por distritos regionales y de desterritorialización cubierto por los grandes bandos, las empresas informáticas globales y los archivos secretos del capitalismo. Estas tendencias que hacen del macrismo un dominador dominado, fueron leídas por una lectora sutil. Que leyó el “libro viviente” de las vidas salidas de cuajo que brotan de las fisuras de esta situación mundial, que a los afectos de la traducción argentina, se denomina crasamente con la palabra macrismo. Es una apuesta, la que esa lectora hizo, de las habitualmente llamadas pascalianas. Mejor creer, porque si lo que se menciona como motivo profundo no existe, no pasa nada, pero si existe y no creemos, se produce una fisura espiritual (y política) inconsolable, preámbulo de nuestro fracaso final. Por eso, los viejos emblemas, las banderas partidarias, el recuerdo de las memorias grupales, lo escuditos en la solapa, no deberán desaparecer, pero como toda ceremonia o celebración de lo que cada uno es, no deja de ser la base de una gran emoción. Son los últimos fieles reunidos alrededor de sus insignias y porque no, de sus lápidas, la serie numerosa de recuerdos que van y vuelven. Pero el recuerdo encapsulado en mármol debe abrirse hacia el mundo social que se parece más a la imagen de múltiples hojas arremolinadas por el viento.

Esa piedra caliza de la memoria no es que no tengan su momento desvaído. Es que siempre tiene la oportunidad de atravesar ese desvaimiento, que también la configura, con un soplo agónico de esperanza. Pero por más estrictas y emotivamente cercadas por sí mismas sean estos cultos y solemnidades, deben abrirse hacia los otros símbolos. No por condescendencia o pacto de momento. Es porque esta apertura está inscripta en viejas historia. Cada símbolo muere por considerarse solo en el mundo. Su destino es convivir con otros, porque una política profunda y en el fondo una nación, es una asamblea de símbolos, con su momento de escaramuzas y su momento de entretejerse unos con otros. La Unidad Ciudadana, con su nombre suave, encierra sin embargo la noción de ciudadanía, signo que quienes lo eligieron adecuaron a esta época terrible. Es época donde las antiguas nociones emancipatorias y liberacionistas parecen en peligro, y pasan a ser un ámbito a ser reconstruido. La ciudadanía es una piedra de toque que nunca fue negada como irradiación reconstructiva, pero ahora pasa a ser fundamental.

Por cierto, una ciudadanía social, que permite descubrir no solo nuevos votantes, sino antiguos sufrimientos y despojos de derechos. Muchos elogiaron el acto de Arsenal por la decisión de Cristina de mostrar los cuerpos de los despojados de los recursos de vida, desde los mínimos indispensables, hasta los que invisten a las profesiones necesarias o a los trabajos que van de los más ineludibles y clásicos hasta los más elaborados e innovadores. Dispersados brutalmente, hombres y mujeres, de sus mundos de vida, la política consiste en reconstruirlos bajo el ideal de una sociedad pluralmente colectiva y colectivamente pluralizadaPor lo que nuevamente debe ponerse la política como arena sensitiva y primordial para recomponer vidas en sociedad y sociedades con vida autónoma.

En cuanto a los que fuimos a Arsenal, se debe agregar que no éramos meras apoyaturas para que se muestren los dolores y reclamos. Porque como no había muchas banderas que obstruyeran la visión, desde alguna de las gradas se divisaban pequeños óvalos en continuidad, una infinita secuencia de rostros a la espera, las múltiples caras de una larga historia, asistentes vivaces de un drama público. Eran pequeños redondelitos en muchedumbre, superpuestos, en fila o en serie horizontal, que se agrupaban formando nuevos conjuntos. Como nubes que en vez de cobrar formas extrañas según las mueven los vientos, eran círculos testimoniales que se pegaban unos con otros y al balancearse en oleajes, revelaban un principio nuevo, un punto de partida político excepcional, la esperanza encarnada en la rostridad, y en el pueblo reconstituido como fisonomías dispuestas a una nueva jornada. Esas muchedumbres ofrecían las cadencias oceánicas de sus rostros a la historia.

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