El amor vs. los Manes de la ciencia

El amor vs. los Manes de la ciencia

Uno de los efectos del discurso científico es convertir intereses particulares en conocimientos neutros. Al pasar por el lenguaje de las ciencias duras ciertos arbitrarios culturales se instituyen como una especie de verdad indiscutible. En estos tiempos, la mayor expresión de este tipo de intervención podemos verla a través del auge de las neurociencias. Facundo Manes, asesor de Vidal y posible candidato de Cambiemos para las próximas elecciones, es un referente del área.

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Hoy pareciera que todo puede explicarse, de pronto, de una manera neuronal o estudiando procesos cerebrales. En este nuevo campo en expansión, Facundo Manes es una figura clave que, por ejemplo, cuando habla de “capital mental” en la educación claramente corre de lado las condiciones sociales, materiales y simbólicas en las que se dan los procesos de enseñanza y aprendizaje para reducir el éxito o fracaso escolar a una cuestión de capacidades mentales, al borde del darwinismo social.

Manes afirmó, también: “En la actualidad hay argentinos que no tienen los recursos mentales para vivir en un mundo desarrollado”, forma sencilla y discreta de estigmatizar, excluir y reproducir la desigualdad (si supuestamente hay pibes a los que “no les da la cabeza” no hay nada que hacer y seguirán estando cada vez peor). De la misma forma, la pobreza es, según este paladín de la neurociencia, “un esquema mental”. Ni hablar de procesos sociales, exclusión, ajuste o variables de la economía política. Manes, a pesar de su discurso, no es un actor social neutral sino una figura ligada al actual gobierno de Cambiemos, asesor voluntario de la María Eugenia Vidal y uno de los nombres que baraja el oficialismo para las próximas elecciones.

Manes, a pesar de su discurso, no es un actor social neutral sino una figura ligada al actual gobierno de Cambiemos, asesor voluntario de la María Eugenia Vidal y uno de los nombres que baraja el oficialismo para las próximas elecciones.

Como sabemos, si una ideología o una forma de pensar quiere imponerse es necesario que abarque todos los espacios del mundo social, que se vuelva sentido común, que invada las prácticas cotidianas o íntimas con su lógica. La neurociencia llegó incluso al amor. “Clases de neurociencia del amor, lo último para encontrar la pareja ideal”, es el título de la nota de Diario Perfil en la que se afirma que el amor es el efecto de los sistemas cerebrales, publicada días atrás. Puede discutirse esta noción desde distintos lugares que van de la filosofía hasta el psicoanálisis pasando por la sociología. Pero lo que nos importa es el modo de razonar de las neurociencias que desplazan el deseo, niegan el inconsciente y se abstienen de la vida social. Por ejemplo, Manes dice en la nota: “El amor más que una emoción básica, es un proceso mental sofisticado y complejo”. Y explica sistemas de recompensa, funciones de metas y logros. Incluso la nota muestra un circuito del amor para que sepamos cómo es qué funciona nuestro cerebro cuando nos enamoramos. No es la primera vez que Manes explora estos temas. El año pasado, en el diario La Nación publicó una nota llamada: “La química de la atracción”, en la que –siguiendo con las explicaciones científicas– dice que el tamaño de la pupila afecta en la atracción que podemos provocar en el otro, entre otras observaciones que convierten al amor en un sistema del organismo similar a cualquier otro. Sin ir más lejos, el martes pasado con motivo de “San Valentín”, Mane tuiteó: “Al enamorarnos la corteza frontal del cerebro, vital para el juicio, se apaga y logra suspender toda crítica o duda”. El amor, entonces, nos haría más tontos, más débiles y en ningún caso sería la posibilidad de sentirse fortalecido o el modo de construcción con otro/a. Esta lógica es el triunfo de la medicalización, el paradigma positivista y la investigación técnica desligada de los efectos políticos y subjetivos  de vivir con otros y otras.

Esta lógica es el triunfo de la medicalización, el paradigma positivista y la investigación técnica desligada de los efectos políticos y subjetivos  de vivir con otros y otras.

Esta forma de pensar basada en el discurso técnico es al fin de cuentas una burocratización de la vida social e íntima. Si sabemos cómo funciona nuestro cerebro y qué estímulos necesita para enamorarse, podemos entonces ir en busca de alguien con esas características específicas, delinear el perfil de la pareja ideal, renovar el mito de la media naranja (de uno solo se siente completo si está con otro) y matar de una vez y para siempre la insatisfacción como motor, el deseo como fuerza íntima y el amor como, precisamente, eso que no puede explicarse.

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