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Golpe de estado en Brasil: PT ante el desafío de recuperar el poder

El golpe de estado institucional terminó con el gobierno del PT que a pesar de la derrota en el juicio político, mantiene altas posibilidades de ganar nuevamente en elecciones.

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Dilma Rousseff
Dilma Rousseff
PT: hacer alianzas para perder los ojos
Por Rubén Montedónico*

El juicio contra Dilma Rousseff finalizó con el voto de los senadores –en su mayoría indiciados y sujetos a procesos por actos de corrupción (en el expediente de lava jato)-. Resulta un tanto paradójico que quien fue electa a una segunda presidencia por 52 millones de ciudadanos y estuvo aliada con partidos y legisladores presentes en el Congreso, sean éstos los que la condenen. Una mirada a la situación de Brasil, como en otros casos concluirá que esa democracia con instituciones de gobierno controladas por la derecha puede encontrar pretextos que se ciñan a la ley, aunque quede constancia que se trata de una ayuna justicia que elude hasta reglas propias.

De acuerdo con algunos, en la semana ocurrió “el final del golpe contra Dilma”. En verdad, el juicio de destitución fue la culminación de un largo proceso que puso a la presidenta como personaje central de una disputa que inició tiempo atrás. Aquello que terminó con la reelección de Rousseff, en 2014, pareció un intento fracasado del gran empresariado y la derecha por acceder al control administrativo del Estado, algo que futbolísticamente consideraríamos como ganar en la liga (en el caso, el Parlamento) lo que se perdió en la cancha (electoral). Puede que así se interprete, pero también tiene el aspecto de haber servido de escarceo, de ensayo.

Es cierto que para algunos es inexplicable lo actual, considerando que el Partido de los Trabajadores (PT) había adecuado sus programas de campaña y gobierno respecto al inicial de Lula -1994-, con tal de hacerlos asequibles a los intereses del empresariado y los mass media en su segunda intentona presidencial y luego en campañas que lo llevaron a la primera magistratura: que el acotamiento aludido continuó para alcanzar el gobierno con Rousseff.

Me señala mi querido arquitecto Raúl Defranco -y estoy de acuerdo- que el ejercicio del gobierno es desgastante y que las alianzas dejan flancos débiles. En particular ocurre así con los progresismos, que no son otros que aquellos que validan las reglas políticas del juego seudodemocrático. No avanzan más que lo que le dejan. No pueden apelar a las masas porque éstas entrarían de inmediato, rápidamente, en contradicción con los aliados del gobierno y, en ese escenario, desde la administración estarán siempre dispuestos a postergarlas, cuando no a traicionarlas. A diferencia de los viejos populistas estos nuevos gobiernos no arman un estado novo ni controlan el poder. Tampoco son capaces de crear una fracción burguesa para cuando los asaltan las crisis. ¿Como trascender y pensar en lo sustantivo? Tal vez la respuesta esté, otra vez, en el análisis concreto de las situaciones, con la mente más abierta para no caer luego en el “llanto sobre la leche derramada”. Llama la atención que un gobierno presuntamente de izquierda -o con algún ingrediente de ella- no pudo convocar a las fuerzas sociales que lo sostenían históricamente.

Hoy, cuando el obispo de Roma declara que el pueblo de Brasil vive un “momento triste”, no sólo alude a la complejidad que supone la unión de una situación de cambio en las instituciones aunada a una crisis de orden económico: apunta a la región y abarca cuestiones que le son evidentes. Bergoglio y otros saben que la conjunción de las crisis política y económica con el advenimiento de la ultraderecha liberal a gobiernos como los de Brasil y Argentina presagian enormes males para esos pueblos y sus trabajadores: se trata del retroceso a tiempos que se creían superados, saldados, y el retorno a condiciones de decaimiento en las conquistas laborales y sociales acompañadas por el incremento de la represión.

Como alguien que vivió bajo dictadura, el papa sabe que en Brasil la conferencia obispal no es aquella que acompañó las huelgas del cinturón metal-mecánico paulista de 1968-69 y que con las comunidades eclesiales de base –inspiradas por el postconcilio y la Teología de la Liberación- proyectaron la presencia y conducción del sindicalista Lula. Cuando llegó a Río en 2013 no había un obispado en el que estuvieran Hélder Câmara, Paulo Evaristo Arns, Pedro Casaldáliga, Ivo Lorscheider, José Maria Pires o Luciano Mendes de Almeida, sino que se encontró con uno que desconfiaba de ese conductor jesuita. Esa comprensión del momento sudamericano, extiende la mirada más allá de circunstancias e instituciones de Brasil: los cambios hace rato que empezaron y van dirigidos a acabar con cualquier aliento integracionista efectivo -con el Mercosur como algunos aspiraron alguna vez-, para continuar despejando el camino, proseguir con la Unasur y recuperar la administración de otros países para que acuerden con las expresiones locales y las multinacionales. En lo local, pasa por minimizar al PT e impedir que Lula vuelva a la presidencia.

Cuando en el Mercosur se extiende la conflictividad derivada de un simple cambio de presidencia en la institución y sus integrantes se desconocen entre sí, no es de recibo la idea de que se quiere salvar la integración sancionando a un miembro por supuesta inconducta político-democrática. De lo que trata en verdad es que se quiere abordar la integración desde una visión únicamente comercial, cercana a las propuestas de unión con la Alianza del Pacífico y al Tratado de Asociación Transpacífico, haciendo a un lado temas de complementación productiva y tecnológica, libre tránsito de mano de obra laboral, unificaciones jurídicas y fiscales, reconocimientos académicos, entre otras. Hay que repetir una y otra vez que el mercado no se integra sólo de intercambios comerciales y a la integración no se llega por el camino del libre comercio. Por ese rumbo sólo se desandan las aspiraciones de quienes no soportan la postergación vivida con la colonización sin bandera; la que busca en alianzas respetuosas lo que ha sido patrimonio exclusivo de segmentos sociales minoritarios, exiguos, en muchos casos dependientes pequeños de grandes estrategias externas. No existe en la práctica que amenaza con llegar ninguna idea de trascendencia: todo es inmediatez. De la Patria Grande no quedará vestigio ni en huecos discursos.

Dicho más directamente, así lo piensa, siente y practica Macri y lo ejecuta su canciller, Susana Malcorra, que trata de “hacer buena letra” para llegar a secretario general de la ONU pretensión que la aproxima con Susanita,  personaje de Quino en Mafalda). José Serra, el ministro de Michel Temer, lo anunció: hablará con Buenos Aires de la “actualización” del Mercosur –adelantando cambios en Itamaraty- y teniendo como máxima que Brasil está dispuesto a zafarse ataduras y relacionarse con otras regiones.

Acompañan estos dichos e intenciones sus homólogos de Paraguay, el viejo stronista Eladio Loizaga, y como lo ha manifestado en diversas oportunidades, el de Uruguay, Rodolfo Nin Novoa, quien propone que las negociaciones de los miembros del Mercosur se hagan por cada país y no de conjunto.

A estas alturas deben señalarse dos cuestiones: como sostienen observadores, no hay real integración sin la presencia de Brasil, y por otro lado, tampoco se sustentan posiciones soberanas por parte de los países mediante prácticas extorsivas, como si ciertas soberanías se entendieran como cuestiones entre mercachifles: al parecer, esta práctica ha querido ser ejercida por Serra sobre Uruguay, siendo rechazada por el presidente Tabaré Vázquez a través de Relaciones Exteriores, quedando documentada en el Legislativo. Si de ella se derivaran acciones punitivas por parte de Brasil –como temen ciertos políticos-, la responsabilidad será de Temer y Serra, no de quien se apegue a la soberanía.

 

*Periodista uruguayo que en Montevideo trabajó en CX 8 – Radio Sarandí (1972-76). En el exilio (1976-19859 escribió en El Día, México; El Nuevo Diario de Nicaragua y Agencia Nueva Nicaragua (1983-90). Asimismo, en México lo ha hecho en Novedades, La Jornada y Aldea Global de México (1998-2014). En la actualidad, escribe regularmente en Uruguay para el Semanario Voces.

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